La economía del cuerpo
Familia, fertilidad y estabilidad financiera
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La mayoría de las mujeres, ricas o pobres, enfrentan elecciones difíciles sobre si, cuándo y cómo tener hijos, además de las presiones sociales y las expectativas relacionadas con la maternidad. Dejando de lado la experiencia biológica del embarazo y la gran cantidad de tiempo y esfuerzos necesarios para criar hijos, los costos económicos también son un factor en las decisiones de la mayor parte de las mujeres.
Un gran porcentaje de las mujeres del mundo tienen una doble o triple jornada de trabajo. Esto incluye tanto el empleo pago como las tareas domésticas y las responsabilidades de atención para parejas, hijos y ancianos. Rara vez se les paga, financieramente o de alguna otra forma, por el trabajo que hacen en el hogar, y muy pocas sociedades brindan recursos extra -ya sea del sector público o privado- para apoyar a las mujeres con las tareas domésticas. A pesar de esta falta de apoyo para el trabajo que surge de tener hijos, los gobiernos desde hace tiempo están involucrados en las elecciones de las mujeres al respecto.
No importa si están abordando temas de comercio, finanzas o asistencia social, los gobiernos están motivados, al menos en parte, por los intereses económicos nacionales, que a su vez se ven influidos por la política internacional, los intereses comerciales y el mercado global. Como era de esperarse, las políticas públicas inevitablemente intersectan, explícita o indirectamente, con las elecciones personales. En relación con el hecho de tener hijos, los gobiernos pueden alentarlo activamente (a través de créditos impositivos, beneficios o licencias pagas) o desalentarlo (otorgando incentivos económicos al uso de contracepción o la esterilización). Si bien las corporaciones y las organizaciones de la sociedad civil no tienen un papel tan importante, sí tienen influencia sobre cuán fácil o difícil es para las mujeres trabajar fuera del hogar mientras crían a sus hijos.
Diminuir la fertilidad
En las décadas de 1960 y 1970, en las naciones occidentales industrializadas surgió la creencia de que las mujeres pobres en los países en desarrollo estaban teniendo demasiados hijos. Varias teorías intentaron explicar por qué: porque las familias necesitaban un par de manos extra para trabajar, porque no tenían acceso a la contracepción o a información sobre ella y debido a los altos índices de mortalidad. La discusión despertó el miedo de que los pobres estuvieran contribuyendo a la sobrepoblación y ejerciendo presión sobre recursos naturales valiosos.
A partir de 1979, China, por ejemplo, aprobó una política oficial de "un hijo", usando el aborto, la esterilización forzada y otros medios para disminuir el crecimiento de la población, especialmente en áreas rurales. Las familias que intentaban tener más de un hijo eran castigadas, y a otras se les daba incentivos económicos para desalentarlas de tener más hijos (1). El uso difundido del aborto para terminar embarazos continúa actualmente, particularmente entre trabajadores migrantes, que suelen tener acceso limitado a la contracepción, poca o ninguna educación sexual y no pueden tener hijos por razones sociales o económicas.
Históricamente, el control poblacional ha estado en el centro de iniciativas políticas en muchos países, tanto ricos como pobres. A muchas mujeres en países en desarrollo se les pagó para que no tuvieran bebés o para que se esterilizaran. Se desarrollaron, promovieron y se usaron agresivamente nuevos medios de contracepción, como Norplant, a menudo sin información apropiada sobre las consecuencias a largo plazo sobre la salud de las mujeres. A veces, pero no con la suficiente frecuencia, dicha contracepción se acompañó con educación sobre la salud sexual reproductiva, tanto para mujeres como para hombres, y programas de capacitación laboral.
Promoción de la fertilidad
A la inversa, en los últimos años, los legisladores en países ricos como Francia, Alemania, Austria, Italia, Japón y Hungría introdujeron incentivos económicos para recompensar a las mujeres por tener hijos. Frente a la disminución de la tasa de natalidad, los líderes en estos países están preocupados por las consecuencias económicas, ya que se necesitan ciudadanos jóvenes que trabajen para pagar la seguridad social de la población mayor.
Sin embargo, estos nuevos programas se ofrecen selectivamente. En los países europeos en particular, donde los inmigrantes conforman un creciente porcentaje de la población, los gobiernos están alentando solo a las mujeres "nativas" a tener más hijos. Por ejemplo, mujeres educadas y profesionales pueden calificar para los subsidios que cubren costos asociados a corto y largo plazo con el cuidado de los hijos, para que puedan tener más hijos y al mismo tiempo continuar con sus carreras. Algunos gobiernos, corporaciones y grandes organizaciones de la sociedad civil brindan en sus instalaciones servicios de guardería para sus empleados. Si bien este tipo de soluciones se presentan como "algo con lo que todos salen ganando", porque apoyan las ambiciones individuales de las mujeres mientras abordan necesidades económicas estatales, están motivadas por el miedo al cambio demográfico.
Hasta ahora, la investigación muestra que muchas mujeres no están tomando estos incentivos económicos porque, para ellas, tener hijos no es solo una cuestión de dinero, sino también algo que impacta en sus obligaciones domésticas, su vida profesional y su bienestar emocional (2). Incluso con asistencia estatal o de sus empleadores, la mayoría de las mujeres todavía cargan con jornadas de trabajo dobles o triples, especialmente a medida que asumen más responsabilidad fuera del hogar. Los subsidios monetarios simplemente no son suficientes para abordar normas culturales, roles de género y las difíciles condiciones en las que las mujeres tienen y crían a sus hijos.
Diferencias de valor
Tomadas en conjunto, las políticas que promueven o desalientan la maternidad crean una división problemática entre mujeres ricas y pobres -tanto dentro del mismo país como entre el Norte y el Sur global- porque los hijos de algunas mujeres se ven como deseables mientras otros son simplemente una carga. Bajo estas condiciones, las mujeres de países en desarrollo son valoradas únicamente por su trabajo y su productividad económica como mano de obra, no por su capacidad o deseo de ser madres.
Si bien estas diferencias de valor existen de una forma u otra desde hace siglos, la globalización las elevó y las cristalizó en forma de política nacional. El reciente ejemplo de contratar madres sustitutas internacionales hace que esto sea dolorosamente claro. En países como la India, se paga a las mujeres pobres para dar a luz a los hijos de otra gente, generalmente individuos ricos de otros países. La capacidad reproductiva de las mujeres está literalmente en venta, el "alquiler" de sus vientres se hace posible por los viajes y las políticas de adopción que fluyen en una sola dirección entre países ricos y en desarrollo.
Menos extrema pero igualmente perturbadora es la migración a gran escala de trabajadores domésticos a lugares ricos como Estados Unidos, Australia, Qatar y Hong Kong. A medida que más mujeres en estos países consiguen trabajos profesionales pagos fuera del hogar, se crea una demanda por proveedores de cuidado a cambio de una paga, muchos de los cuales son mujeres que migran de países más pobres. Por lo general, estas mujeres deben dejar a sus propios hijos al cuidado de otra persona -frecuentemente, una mujer mayor de su familia- y envían dinero a su hogar. Los gobiernos de los países receptores suelen relajar las políticas de inmigración y agregar protecciones para que los trabajadores migrantes se adapten a la demanda de este tipo de atención.
Las necesidades de las mujeres y las políticas deben converger
Si bien la globalización ciertamente abrió oportunidades para hombres y mujeres, está claro que, en lo que respecta a fertilidad, maternidad y los cuerpos de las mujeres, hay costos, especialmente para las mujeres pobres y vulnerables. Finalmente, si las políticas disminuyen o facilitan la maternidad o la crianza de los hijos no es la cuestión central; el foco debe estar en si estas políticas están alineadas o no con las necesidades y los derechos de TODAS las mujeres.
Sin importar el contexto, las necesidades de las mujeres rara vez forman parte del proceso de promulgación de políticas en el gobierno, el sector privado e incluso en muchas organizaciones de la sociedad civil; en cambio, se disminuye o se fomenta la reproducción debido a factores económicos externos. En todo el mundo, las mujeres realizan elecciones difíciles relacionadas con la crianza de los hijos; por lo tanto, sus experiencias deberían ser centrales para las políticas que dan forma a la manera en que las familias deciden el número y la frecuencia de los hijos, cómo equilibran sus responsabilidades laborales y familiares y cómo distribuyen el cuidado, y cómo los entornos laborales pueden fomentar el bienestar y la felicidad.
Hasta que el trabajo relacionado con el cuidado se valore y sea compartido por muchos grupos -mujeres, hombres, Estado, corporaciones e instituciones comunitarias locales-, las difíciles elecciones en materia de fertilidad y maternidad seguirán estando en el centro de estas negociaciones que hacen las mujeres.
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