A principios del siglo XVIII, el crítico inglés Daniel Defoe denunció el matrimonio como una "prostitución legalizada". La ley inglesa desposeía a cualquier mujer que se casaba, con la notable excepción de las reinas de Inglaterra. A las mujeres no se les permitía poseer propiedades o tierras, o controlar sus propios bienes. William Blackstone, un celebrado jurista del siglo XVIII, lo puso de esta manera: "A través del matrimonio, el ser mismo o la existencia legal de una mujer se suspende, o al menos se incorpora o consolida en la del marido, bajo cuya ala, protección o cobertura ella realiza todo".
Incluso mujeres con dotes o herencias estaban sujetas al control financiero de los maridos, otros parientes varones o guardianes. Las mujeres europeas casadas no podían comprar o vender, excepto en su calidad de "representante del marido". No podían entablar ninguna transacción financiera por derecho propio. Su dilema está representado por el caso de Millicent Garrett Fawcett, una inglesa a la que un joven ladrón le robó la cartera en la década de 1870. Ya líder del movimiento por el sufragio femenino, se sorprendió cuando en la corte oyó que el cargo contra el ladrón era "robar de la persona de Millicent Fawcett una cartera que contenía £1, 18 chelines y 6 peniques., propiedad de Henry Fawcett". En sus memorias, Millicent escribió: "Me sentí como si me hubieran acusado de robo a mí".
Para mediados del siglo XIX, las mujeres en Inglaterra habían empezado a dar pelea. En 1856, una petición al Parlamento, firmada por 26.000 mujeres, decía "que dado que la civilización moderna, al extender definitivamente la esfera de ocupación de las mujeres, en alguna medida ha quebrado su dependencia pecuniaria de los hombres, es hora de que haya una protección legal sobre el producto de su trabajo y que, al ingresar al matrimonio, ya no pasen de la libertad a la condición de un esclavo, cuyas ganancias pertenecen a su amo y no a él mismo".
Tanto las mujeres inglesas como las francesas invocaban frecuentemente la analogía de la esclavitud para definir su situación en el matrimonio. Las leyes aprobadas por el Parlamento en 1857, 1870 y 1882 cambiaron drásticamente las posibilidades de poseer propiedad y la retención del salario para las mujeres casadas en Inglaterra. Incluso después, las mujeres casadas no tenían garantizado el control de su propiedad y salario. Una sufragista inglesa proclamó en el Congreso Mundial de Mujeres de 1893: "La posición legal de la esposa en Inglaterra es un escándalo para la civilización".
En Francia, el Código Napoleónico establecía un conjunto de restricciones draconianas sobre la capacidad de la mujer casada de realizar transacciones financieras o quedarse con su salario. Esto creaba dificultades para los vascos, por ejemplo, entre quienes las hijas solían ser las herederas designadas de las granjas familiares si se consideraba que eran más competentes que los hijos. Gobiernos a lo largo de toda Europa adoptaron el Código Napoleónico francés como el modelo de desposesión de las mujeres en el matrimonio.
Sin embargo, tanto la ley inglesa como la francesa hicieron excepciones para empresarias que actuaban como femme sole, aunque estuvieran casadas. Las mujeres que permanecían solteras no sufrían esos problemas. De hecho, algunas mujeres, como la feminista Maria Deraismes de Francia, elegían seguir siendo solteras precisamente para poder retener su riqueza e independencia. En Historia de una hacienda africana, novela de 1883 de Olive Schreiner, la heroína, Lyndall, le decía a su hermana mayor casada: "No tengo ningún apuro por poner mi cuello debajo del pie de un hombre; y tampoco admiro demasiado el llanto de los niños. Hay otras mujeres felices de tal trabajo".
En muchas sociedades europeas, las viudas podían alcanzar plena independencia. Pero ellas no heredaban inevitablemente al marido; hizo falta una serie de leyes para asegurar su herencia y, en algunas instancias, podían renunciar a las deudas de su difunto esposo. La historia también registra casos de mujeres que se hicieron comerciantes o cabezas de empresas y ganaron bastante dinero, el cual ellas mismas controlaban. Muchas de ellas eran viudas, como la judía alemana del siglo XVII Glikl bas Judah Leib ("Glückel von Hameln"), la empresaria holando-estadounidense del siglo XVIII Maria Van Renssaeler o la francesa católica del siglo XIX Veuve Cliquot, que se hizo cargo del negocio de vinos de su marido cuando este murió y lo hizo crecer hasta transformarlo en la gran compañía de champagne francés que conocemos hoy. Otras incluyen a la estadounidense Madame C. J. Walker, que fue pionera en productos capilares para mujeres afroamericanas; la industrialista egipcia Helama ‘Abd al-Malik, conocida como "la reina del algodón"; la industrialista alemana viuda Sophie Henschel, única propietaria de una empresa que fabricaba locomotoras; y la finlandesa Hella Wuolijoki, que hizo grandes cantidades de dinero con el comercio internacional durante la Primera Guerra Mundial, gran parte del cual regaló en la década de 1920.
En las primeras colonias americanas, las mismas leyes inglesas gobernaban la relación de las mujeres con el matrimonio y el dinero. Solo la aprobación a mediados del siglo XIX de las leyes de propiedad de las mujeres casadas en varios estados garantizó que las mujeres casadas recibieran tanto los frutos de su trabajo como la propiedad heredada. Una serie de otras leyes hizo posible que las madres obtuvieran la custodia de sus hijos en caso de divorcio; anteriormente, los hijos "pertenecían" al marido-padre.
Pero en otras áreas de las Américas, prevalecía un sistema diferente. En Luisiana, predominaba la ley francesa, y la española regía en el oeste y sudoeste (incluyendo Texas y California), que luego pasaron a ser Estados Unidos. Bajo la ley española, las mujeres casadas podían controlar activamente su propiedad, y todo lo que la pareja unida en matrimonio adquiría pasaba a ser bien ganancial. En última instancia en Occidente, este sistema triunfó por sobre la retrógrada ley inglesa, pero no sin tener que luchar.
De hecho, en el oeste de EEUU, a principios del siglo XX, las mujeres solteras podían incluso registrar terrenos bajo las leyes de población de tierras. En un libro sobre mujeres pobladoras en el oeste, Marcia Meredith Hensley observa que "Una mujer [soltera] que era dueña de su propiedad tenía peso en la comunidad, y tenía más probabilidades de ser considerada como una socia igualitaria en un rancho familiar si su nombre estaba en la escritura que otorgaba la propiedad de la tierra. Ser terrateniente incluso puede haberle dado una ventaja para encontrar un esposo, en caso de quererlo. O, si no quería casarse, sabía que podía cuidarse sola".
La alfabetización y la educación de las mujeres, y su mejor comprensión de las restricciones legales que gobernaban su acceso al dinero, al empleo y a la tierra, alimentaron sus campañas para cambiar las leyes de matrimonio. Estos factores pusieron en marcha las campañas feministas de los siglos XIX y XX en muchas sociedades, las que llevarían al empoderamiento de las mujeres y, en última instancia, a la independencia social y económica.
El desarrollo de una masa crítica de activistas brindó la base para provocar el cambio en la relación de las mujeres con el dinero y la propiedad, e incluso ayudó a cambiar los parámetros mismos del matrimonio; porque el dinero y las leyes de matrimonio equitativo, junto con la alfabetización y la educación, son la piedra de toque para convertir las relaciones jerárquicas entre los sexos en alianzas plenas.
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