La realidad de vivir con un dólar por día
Voz de la comunidad: Vivir con un dólar por día
Women Thrive Worldwide
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Ritu Sharma
Ashley Chesson, Mckenzie Lock/Women Thrive Worldwide
The Reality of Living on $1 a Day: Eluvia
Mckenzie Lock/Women Thrive Worldwide
Mckenzie Lock/Women Thrive Worldwide
Ritu Sharma/Women Thrive Worldwide
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Mckenzie Lock/Women Thrive Worldwide
Mckenzie Lock/Women Thrive Worldwide
Decidí tratar de vivir con un dólar por día el año pasado cuando estaba en Nicaragua. En todo el mundo, hay alrededor de 1.400 millones de personas, la mayoría son mamás y niños, en la extrema pobreza. Esto se define como vivir con aproximadamente un dólar por día o menos. Por lo general, ese dólar tiene que pagar no solo las necesidades de una persona, sino las de toda una familia.
Como presidenta y cofundadora de Women Thrive Worldwide, paso mis días en Washington, abogando en favor de las mujeres más empobrecidas del mundo. Quería ver cuánto podía estirarse un dólar y sentir, aunque fuera un poco, cómo es ser tan pobre. No podré nunca entender completamente cómo se ve el mundo a través de los ojos de una mujer que vive en la pobreza, pero si puedo tener una pequeña ventana a su experiencia, creo que puedo ser una defensora más empática.
Este año, durante cuatro días, viví en el municipio de Tactic, en el área de Alta Verapaz, Guatemala. Es una región exuberante y montañosa que tiene un nivel de pobreza de los más desesperados de Latinoamérica. Usé la misma ropa, comí solo lo que ocho quetzales, el equivalente a un dólar, podía comprar y pasé el mayor tiempo posible con dos mujeres mayas increíbles -Dorotea y Eluvia- que viven con un dólar o menos todos los días de su vida.
El siguiente es un fragmento del diario que escribí durante el viaje.
Siguiendo un agitado viaje en la parte de atrás de una camioneta, llegamos a la comunidad de Tzalem, más o menos a una hora del centro de Tactic. Subimos una empinada montaña de espigas de maíz hasta la casa de Dorotea. Conocer a Dorotea es una experiencia completamente única: sus ojos son pálidos, su piel es cetrina y está claramente cansada. Nos explica que está muy enferma, porque ella y su marido ganan solo 20 quetzales ($2,40), que tienen que dividir entre sus cuatro hijos; simplemente no tiene dinero pagar comida y remedios al mismo tiempo. Para ir a ver al único médico hay que hacer un viaje en camioneta de 10Q ($1,20), y cobra 100Q ($12,00) la consulta, sin incluir los remedios. Como la mayoría de las mujeres en Tzalem, Dorotea usa hierbas locales para curarse.
Nos invita a su casa. Está con su hija de seis años, Elvira, y cocinan un sustituto de sopa compuesto por agua, "hierbas", que básicamente son yuyos silvestres que crecen en la ladera, y especias. Las especias son la clave para manejar el hambre. Calman el apetito cuando no hay comida real. Los muy pobres suelen comer una tortilla untada con una pasta hecha de chiles y grasa espolvoreada con sal. Me encanta cocinar, y para mí las especias son pequeñas cosas aromáticas que le agregas a tu plato usando más la intuición que una receta. Nunca pensé en ellas como en un alimento básico. Sin embargo, hoy estoy agradecida de tener algo para almorzar que es "gratis" porque se recoge del campo.
Dorotea y su marido son aparceros: no son dueños de su casa o la tierra, sino que la "alquilan" a cambio de la mitad de las cosechas de maíz. Irónicamente, esto disminuye su producción porque no tienen la tierra que se necesita como garantía para pedir un préstamo para semillas o fertilizante. Por todo el trabajo que Women Thrive hace para ayudar a las mujeres a conseguir derechos a la propiedad, sé que ser dueña de su propia tierra probablemente le daría a Dorotea el impulso que necesita para escapar de la pobreza.
Llegamos a la casa de Eluvia, donde ella y su marido, Fernando, están sentados bajo un techo de pasto, mientras sus dos hijas, María y Olivia, juegan en el complejo de tierra que es su hogar.
Eluvia está tejiendo y Fernando está desgranando las mazorcas que cosecharon hace poco. Ella está haciendo un huipil tradicional, una colorida tela tejida a mano que se usa para ropa infantil. Aunque lleva muchas horas hacerla, las vende en Tactic por solo 30 quetzales ($3,60). Si bien el precio del hilo subió, el de los huipiles se derrumbó, lo que hace que sea difícil ganarse la vida con este oficio. Tejedoras talentosas como Eluvia no tienen el transporte, el capital o las habilidades de mercadeo que necesitan para expandir su actividad a un negocio más grande. En la familia de Eluvia son seis y normalmente subsisten con los magros 20 quetzales ($2,40) que ella y su marido ganan todos los días con el trabajo en el campo. Decidí comprar un huipil por 50 quetzales para exhibirlo en nuestra oficina. Ella apenas pudo contenerse, e inmediatamente sonreía de oreja a oreja.
Sé que hay miles de mujeres como yo en Estados Unidos que comprarían los tejidos de Eluvia. Esto es exactamente por qué necesitamos hacer trabajo comercial para mujeres, para ayudar a mujeres como Eluvia a acceder mercados dispuestos y a usar su arte para escapar de la pobreza.
Cuando le pregunto a Eluvia qué la hace feliz, sus rasgos se dulcifican mientras lo piensa. Después, dice simplemente "las flores". Ella planta flores siempre que puede y donde logra hacerles espacio. De vez en cuando, las corta y camina tres horas hasta Tactic para venderlas por unos pocos quetzales la docena.
Regresamos de Tzalem y todavía tengo hambre. Hago una lista mental de lo que podría comer. Fruta: demasiado cara. Sopa: fuera de discusión. Pollo: en tus sueños. Así que, una vez más, como arroz con frijoles, el alimento básico del mundo.
Es mi última comida del día. Supongo que es hora de afrontar las consecuencias. Me voy a ir a dormir con hambre.
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